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300 GRAMOS DE TERNURA
Dora Cantero
 «La carne atrae a la carne», piensa el carnicero  tras una mirada fugaz a la cola que comienza a formase, mientras corta la carne del lomo de cerdo en filetes finos con sus manos  pequeñas de  dedos  gruesos. Manos de carnicero que hubieran querido ser de pianista.
Una pechuga de pollo para el señor de la cara larga y ojos brillantes de sueño o de alcohol.
Cuatro hamburguesas y doscientos gramos de jamón cocido para la madre del niño que mira ansioso a su alrededor buscando en vano algo dulce que pedir, un capricho merecido por haber tenido que esperar haciendo cola en un lugar tan poco infantil.
«Carne y hueso sin vida para la vida de carne y hueso» piensa el carnicero mientras envuelve las longanizas que acabará por dar a probar al perro que espera en la puerta, el amo que las compra.
Costillas de cordero, para la señora que cuida a la anciana del primero. «Cuántos corderos harían falta para quitar el hambre del mundo» se pregunta  mientras corta y filetea y envuelve y ve cómo la cola de clientes carnívoros desaparece lentamente. «Vuelta a la cueva, se acabó la caza», se dice mientras se lava las manos y cambia los guantes impregnados de grasa animal.
La puerta se abre  y entra una joven con aire despistado. De una mirada se nota que es extranjera. La chica abre los labios que enmarcan palabras nuevas para ella, difíciles de pronunciar: «Tresientos gramos de ternura por favor».
El carnicero vacila un instante y sonríe levemente. Podría corregirla, pero él no está allí para eso. Busca la ternura hecha carne en el aparador. «¿En filetes?», y a su pregunta acompaña un gesto con la mano como si cortara el aire con su cuchillo de carnicero. Sí,  quiere «la ternura» en filetes.
Al carnicero le asalta entonces un repentino ataque de amor, un amor cálido y lleno de compasión por la humanidad. Podría salir y darle un abrazo, pero ¿cómo se mide el peso de un abrazo? ¿Cómo sabrá que no le está dando más ni menos de lo que ella le pide? ¿Un beso? ¿Una mirada? ¿Qué gesto podría contener la ternura que ella necesita y que él está dispuesto a darle? ¿Cuánta ternura haría falta para quitar el hambre del mundo?, se pregunta el carnicero, y siente un cosquilleo en la nariz y las lágrimas que suben a los ojos caen en gotas saladas sobre los filetes de ternera tierna, la más tierna que ha encontrado, para ella.
El carnicero envuelve la carne en el papel gris y con la mirada húmeda sonríe a la chica.  «Toma. Trescientos gramos de ternura en filetes para ti. No tienes que pagarla. La ternura hoy es gratis».
La chica, desconcertada, sonríe sin estar segura de haber comprendido muy bien y sale con su paquete en la mano. El carnicero la mira alejarse a través del cristal mientras vuelve a formarse una cola de clientes que se preguntan los unos a los otros quién es el último.
El carnicero se seca los ojos antes de mirarlos y volver a ponerse la sonrisa. «La carne atrae a la carne» se dice, y afila el cuchillo con el corazón lleno de amor.
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